Entrevista a D. Fernando Donaire

La despedida del padre Fernando Donaire marca un momento especial para nuestra Unidad Pastoral San Pablo–San Cosme. Durante dos años ha acompañado nuestra vida comunitaria con cercanía, serenidad y una palabra siempre atenta al Evangelio. Pocos lo saben, pero además de su labor pastoral, Fernando es también autor de varios libros de espiritualidad y educación, y durante este tiempo entre nosotros publicó su obra sobre San Juan de la Cruz, sumándola a títulos anteriores como La escuela de Teresa. Su mirada, profundamente humana y contemplativa, ha dejado una huella discreta pero honda en nuestra comunidad.

Entre las iniciativas que impulsó en este tiempo destaca también Tiempo de Cine, un espacio mensual de encuentro en San Cosme donde la comunidad se reunía para ver una película y dialogar sobre sus claves humanas, espirituales y sociales. Fue una propuesta sencilla y muy valiosa, que abrió un lugar de reflexión compartida y ayudó a mirar la vida con más profundidad. La imagen del salón parroquial lleno y atento refleja bien ese modo suyo de acompañar desde la cultura, la escucha y la palabra compartida.

Antes de iniciar su nueva etapa en Ávila, compartió con nosotros esta conversación sencilla y luminosa, en la que habla de su misión, de su vocación literaria y de su reciente libro La escuela en llamas. Sus respuestas son un regalo para quienes desean comprender mejor su camino y la espiritualidad que sostiene su servicio.

Entrevista a

D. Fernando Donaire

Padre Fernando, ¿cómo ha vivido este tiempo acompañando a la Unidad Pastoral San Pablo y San Cosme?
Todos los tiempos son gracia cuando nos dejamos llevar por Dios en ellos. Para mí estos dos años de acompañamiento y vivencia han sido una riqueza por el poder conocer, compartir y vivir una realidad parroquial insertada en el barrio de Vallecas y compartiendo con gente sencilla, amable y generosa. 

¿Qué aspectos de la vida parroquial le han enriquecido especialmente?
La cercanía y la comunidad. Vivir la experiencia de acompañar una comunidad parroquial abierto a sus necesidades siempre es un desafío y a la vez un regalo. Dios nos envía en medio de la gente a ser testigos de su presencia, con nuestras pobrezas y la luz que emana del Evangelio. 

¿Qué le atrae de la figura de San Juan de la Cruz y cómo dialoga su pensamiento con la vida actual?
Sería un poco largo desarrollar esta pregunta. Atraerme su sensibilidad poética y mística para entender el mundo y el camino del encuentro con Dios. La capacidad de diálogo con el mundo está movida por esa sensibilidad con la belleza y lo transcendente, que de alguna manera, todos tenemos como anhelo o esperanza. 

¿Cómo nació su vocación literaria y qué lugar ocupa hoy en su vida pastoral?
La escritura es parte de mi ser y por tanto no es algo accesorio, sino una manera fundamental de encontrar un espacio para entender el mundo y entenderme a mí. Por tanto no ocupa un lugar determinado, más bien es una manera de entender y de plasmar aquello que hago. 

Sobre su nuevo libro, ¿qué experiencia o inquietud pastoral le llevó a escribir La escuela en llamas?
Mi experiencia anterior de 15 años en la escuela como director de un centro, profesor, responsable de pastoral, formador, etc. Todo ello ha ido dejando huellas que he ido recogiendo a manera de reflexiones y convirtiéndolo en un texto que pueda ayudar a los que siguen trabajando en ese ámbito. 

 ¿Cuál es la llamada más urgente que este libro quiere hacer a educadores y familias?
Una llamada a no perder la esencia educativa: el asombro, el cuidado y la entrega. Volver una y otra vez al lugar primigenio de sentido que es la propia escuela como hogar, como refugio, como encuentro. 


 El título es muy sugerente. ¿Qué simboliza ese “fuego” en la escuela hoy?
El fuego en la escuela, la escuela que arde, es aquella que vive desde dentro, que desde el interior resplandece, brilla, ilumina. La escuela católica tiene que arder siempre, esa es su función, calentar, iluminar, acompañar. Porque si el corazón no está en llamas, la escuela se queda sin vida. Por eso, la escuela católica del futuro será pura llama, o no será.

¿Qué ha aprendido acompañando realidades de vulnerabilidad desde el Centro Pastoral Social Santa María de Fontarrón?
He aprendido mucho, me ha ayudado a ser mejor persona y sacerdote. A través del acompañamiento se alimenta la espera, se comparte los momentos fundamentales que nos definen como personas y aprendemos del otro, de lo que necesita y de lo que nos da. La vulnerabilidad y las ganas de los chicos de acogida, la entrega de los voluntarios, el poner un grano de arena construyendo una comunidad es un reto, un desafío y a la vez algo tan sencillo y hermoso que está al alcance de todos. 

¿Cómo se traduce en la pastoral cotidiana esa educación que toca la vida y despierta esperanza?
A través de la cercanía, la posibilidad de tocar el corazón y expandir la buena noticia que se regala. Comunicar, compartir, dialogar, sugerir, caminar, acompañar serían verbos que nos ayudarían a ese recorrido. Y, por supuesto, elegir bien la semilla, sembrar, esperar y rezar. Unir «amor y costumbre» como diría Santa Teresa. 

¿Qué mensaje desea compartir con los feligreses de San Pablo y San Cosme en este momento?
Aprovecho esta oportunidad para agradecer la acogida en este tiempo de discernimiento compartido con vosotros. Han sido dos años de comunidad y de compartir la vida. Ahora comienzo otra nueva etapa en Ávila, de nuevo en el Carmelo, y desde ahí, desde donde el Señor me llama ahora seguiremos encontrándonos en el camino de búsqueda del Dios de la Vida.